Lunes, 11 Septiembre 2017 09:08

Apología de la vejez

Escrito por  Leonel Fern√°ndez
Twitter: @LeonelFernandez Twitter: @LeonelFernandez

Con la vejez ocurre una paradoja. Todos aspiran alcanzarla, pero una vez llegada a ella, se quejan de manera angustiosa. Alegan que √©sta ha llegado m√°s r√°pido de lo esperado, y de que los ha tomado de sorpresa. Afirman, tambi√©n, ¬†que no hay ning√ļn consuelo para endulzar una vejez necia.

Para eludir su connotación de pesadumbre, hasta le han cambiado el nombre. Algunos, para hacer su carga más ligera prefieren la expresión de envejecimiento. Otros, la de tercera edad; y en inglés se emplea un término bastante benigno y cordial: senior citizen.

A lo largo de la historia ha habido √©pocas en que no se ha tenido la debida consideraci√≥n hacia los ancianos. Hace cerca de dos mil a√Īos, en la S√°tira de Juvenal, el gran poeta latino, contempor√°neo de Horacio y Persio, se leen frases como estas:

‚ÄúLos ancianos son todos iguales: les tiemblan la voz y los miembros; ya sin pelo en el pulido cr√°neo. Tienen enc√≠as sin dientes para triturar el pan. Ya no oyen. A unos les duele el hombro; a otros los ri√Īones, a otros el muslo. En cuanto al amor, hace mucho tiempo que lo han olvidado.‚ÄĚ

Sin embargo, en lo relativo al papel pol√≠tico de la vejez, desde los tiempos de la Rep√ļblica romana se ha depositado gran confianza en las personas de edad avanzada.

Así,  el Senado,  que durante varios siglos dirigió los destinos  del pueblo en la península itálica,  estaba integrado por hombres de edad, de gran experiencia, quienes podían asegurar la estabilidad política y el progreso de Roma.

El ejemplo m√°s notable de esa √©poca fue Cat√≥n el Viejo, quien muri√≥ a los 85 a√Īos, y fue un pol√≠tico activo y din√°mico hasta que la muerte le sorprendi√≥ en pleno ejercicio de sus funciones.

Influyentes en la vejez

La historia cuenta que mientras Lucio Cornelio Sila, uno de los m√°s notables pol√≠ticos y militares romanos, decidi√≥ poner fin a su carrera pol√≠tica a los 59 a√Īos, su contrincante, Cayo Mario, se aferr√≥ al poder hasta su muerte, a los 71 a√Īos, luego de haber sido elegido C√≥nsul siete veces, algo sin precedentes en la historia de Roma.

Durante la √©poca del Imperio, la vejez no fue impedimento para que algunas de las figuras m√°s destacadas de ese momento alcanzaran a desempe√Īar el papel de emperadores.

Fue el caso de Tiberio, quien condujo a Roma hasta los 77 a√Īos; de Vespasiano, quien falleci√≥ a los 70; y de Nerva, quien fue escogido emperador a esa misma edad.

Pero, de igual manera, fueron los casos de Galba; de Septimio Severo; de Diocleciano; y de Constantino, todos los cuales asumieron la categoría de emperadores de Roma, al encontrarse en el eclipse de sus vidas.

En ese contexto, aparece la √ļnica obra latina dedicada, con car√°cter de exclusividad, a los ancianos. Se trata del op√ļsculo, Acerca de la Vejez, de Marco Tulio Cicer√≥n, un genio de la oratoria, considerado como una de las figuras m√°s notables de la pol√≠tica y la literatura.

En ese trabajo, escrito en forma de diálogo, como lo hacía Platón, el filósofo griego, aparece la figura de Catón el Viejo, de quien acabamos de hacer referencia y de los jóvenes, Escipión y Lelio.

Estos √ļltimos le manifiestan a Cat√≥n la admiraci√≥n que le tienen porque nunca dio la sensaci√≥n de que para √©l fuese pesada la vejez, cuando para la mayor√≠a de los ancianos resultaba tan odiosa que dec√≠an soportar una carga muy pesada.¬†

Cat√≥n les responde diciendo que si suelen admirarle ‚Äúes tan s√≥lo porque sigue a la naturaleza, el mejor gu√≠a que hay, y la obedece. No es veros√≠mil que √©sta, habiendo escrito bien las otras partes de la vida, haya descuidado el √ļltimo acto.‚ÄĚ

Afirma que fue necesario que hubiese alg√ļn final, igual que ocurre con los frutos de la tierra, a causa de la maduraci√≥n estacional, y que los ancianos deben aprender a sobrellevarlo con paciencia, pues de lo contrario, enfrentarse a la naturaleza ser√≠a como hacer la guerra contra los dioses.

Relata que muchas veces escuchaba las quejas de gente de su misma edad. Refiere que se lamentaban no sólo de estar privados de los placeres y de que la vida les resultaba vacía, sino que se sentían menospreciados por quienes con anterioridad se habían beneficiado de sus favores.

Frente a eso, Cat√≥n el Viejo reacciona, diciendo: ‚ÄúEn todo ese tipo de quejas, la culpa no est√° en la edad, sino en las costumbres, pues los ancianos moderados, no exigentes y de buen car√°cter, pasan una vejez tolerable; en cambio el fastidio y el mal car√°cter resultan molestos a cualquier edad.‚ÄĚ

M√°s adelante, a√Īadi√≥: ‚ÄúLas armas m√°s adecuadas para la vejez son los conocimientos y la pr√°ctica de las virtudes, que cultivadas en cualquier edad, si has tenido una vida larga e intensa, producen frutos admirables, no s√≥lo porque nunca te abandonan ni siquiera en el √ļltimo momento de la vida (cosa que ya es de gran importancia), sino tambi√©n porque la conciencia de una vida bien llevada y el recuerdo de las muchas cosas bien hechas son algo muy gratificante.‚ÄĚ

Cuatro motivos

Luego de hacer esa hermosa apolog√≠a de la vejez, Cat√≥n el Viejo se sumergi√≥ en una profunda reflexi√≥n, de la cual extrajo la siguiente aseveraci√≥n: ¬† ¬† ‚ÄúCuando lo medito en mi interior, encuentro cuatro motivos por los que la vejez puede parecer miserable. La primera, porque aparta de las actividades; la segunda, porque debilita el cuerpo; la tercera, porque priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no est√° lejos de la muerte.‚ÄĚ

En cuanto a la primera,  responde que las cosas grandes no se hacen con las fuerzas o la rapidez, o agilidad del cuerpo, sino mediante el consejo, la autoridad y la opinión; cosas de las que la vejez no sólo no está huérfana sino que incluso suele acrecentarlas.

Admite que con la edad la memoria disminuye, pero que eso es relativo, ya que nunca escuch√≥ decir que alg√ļn anciano hab√≠a olvidado el lugar en el que hab√≠a escondido su tesoro; as√≠ como qui√©n les debe o a qui√©n ellos deben.

Para Catón, la temeridad es cosa propia de la edad que florece, y la prudencia, de la que envejece. Se llega a viejo aprendiendo algo cada día; y viviendo mucho tiempo uno ve hasta lo que no quiere ver.

Lo √ļnico verdaderamente miserable en la vejez, ¬†es sentir que en esa edad uno mismo es odioso para el otro.¬†

Pero, respondiendo a su segunda inquietud, manifiesta que la vejez es honorable si ella misma se defiende; si mantiene su derecho; si no es dependiente de nadie y si gobierna a los suyos hasta el √ļltimo aliento.¬†

Alaba la vejez que est√° bien asentada sobre los cimientos de la juventud. Asimismo aprueba a un joven que tenga algo de viejo que a un viejo que tenga algo de joven. Ni las canas pueden proporcionar autoridad de repente, sino que es la vida anterior vivida honestamente la que recoge los √ļltimos frutos de la autoridad.

Ante la insinuación de que la vejez carece de placeres, responde con un circunloquio. Argumenta que se trata de cosas de las que la vejez, aun sin tenerlas en abundancia, tampoco está privada del todo.

Por ejemplo, alega que del mismo modo que el que asiste al espect√°culo en la primera fila se recrea, el que est√° en la √ļltima tambi√©n se divierte. As√≠ la juventud quiz√° goza m√°s porque contempla los placeres de cerca, pero tambi√©n la vejez disfruta de ellos lo suficiente aunque los vea de lejos.

Su conclusi√≥n es lapidaria. Indica: ¬†‚Äú¬°Cu√°nto valor tiene que el esp√≠ritu, licenciado ya del servicio del deseo, de la ambici√≥n, de la rivalidad, de las enemistades, de todas las pasiones, est√© consigo mismo. Si, adem√°s, tiene, a modo de aliento, algo que estudiar o ense√Īar, nada hay m√°s agradable que una vejez ociosa.‚ÄĚ

Con respecto al tema de la muerte, el cuarto aspecto de reflexi√≥n, su respuesta es de una simplicidad pasmosa: ¬†‚ÄúCada uno debe contentarse con el tiempo de vida que le ha sido dado. Por breve que sea ese tiempo, ¬†es bastante largo para vivir bien y con honestidad.‚ÄĚ

Cuenta la leyenda que en cierta ocasión se le preguntó a Isócrates, el orador y educador griego, por qué razón, acercándose ya al centenario de su natalicio trabajaba tanto, a lo que respondió:

‚ÄúNo tengo de qu√© acusar a la vejez.‚ÄĚ