Viernes, 19 Mayo 2017 11:44

El amanecer del planeta de los imbéciles

Escrito por  Eduardo Jorge Prats
Twitter: @EdJorgePrats Twitter: @EdJorgePrats

Leyendo a Fernando Savater (‚ÄúDar ca√Īa‚ÄĚ, El Pa√≠s, 29 de octubre de 2013), reparo que el vicio dominicano de ‚Äúdar funda‚ÄĚ, de ‚Äúproferir enormidades truculentas e insultantes que acogoten sin miramientos al personaje p√ļblico detestado, sea del gobierno o de la oposici√≥n‚ÄĚ, nos viene de Espa√Īa. Pensaba que, al igual que el merengue, la jut√≠a o el sancocho, esta vieja pr√°ctica -que alcanz√≥ su perverso perfeccionamiento con la infame columna ‚ÄúForo P√ļblico‚ÄĚ, publicada en el peri√≥dico ‚ÄúEl Caribe‚ÄĚ a fines de la Era de Trujillo, y en donde se criticaba con socarroner√≠a y sarcasmo, a funcionarios y personalidades p√ļblicas- era netamente aut√≥ctona y se nutr√≠a de nuestra tendencia casi innata al chisme.

No era que pensara, como Juan Bosch, que la clase media tiene ‚Äúuna naturaleza psicol√≥gica anormal‚ÄĚ y no puede ‚Äúvivir sin el aliento cotidiano del chisme‚ÄĚ, por lo que es ‚Äúuna fuente perpetua de chismes; crea y consume chismes‚ÄĚ, al extremo de que ‚Äúel chisme es la mayor industria nacional‚ÄĚ. Asociar el dar funda con la idiosincrasia supuestamente chismografica de la clase media dominicana en realidad responde al clich√© marxista de la peque√Īa burgues√≠a como clase trepadora, intelectualoide y oportunista que, en el fondo, no es m√°s que el tradicional desprecio hacia las masas del pesimismo elitista dominicano, desde Jos√© Ram√≥n L√≥pez hasta Am√©rico Lugo, para el que el pueblo era harag√°n, bruto e iluso. Pero s√≠ coincid√≠a con Bosch en que ‚Äúel chisme, la calumnia, la injuria de baja especie hab√≠an sido usados hasta la saciedad bajo el r√©gimen de Trujillo,‚ÄĚ pues el chisme -presente en nuestra historia desde los famosos juicios de residencia durante la colonia espa√Īola, precedidos por oleadas de habladur√≠as contra funcionarios que llegaban de la Isla a la Corona- se hab√≠a repotenciado en la tiran√≠a trujillista y no hab√≠a dejado de utilizarse como instrumento pol√≠tico en la era democr√°tica posterior al r√©gimen.

Pero dar funda no es tampoco una lacra exclusivamente espa√Īola. Se trata de un vicio ‚Äúhumano, demasiado humano‚ÄĚ, pues, como el propio Savater indica, responde a una serie de elementos propios de la naturaleza humana, tal como resulta condicionada por la cultura de las democracias realmente existentes. El primero de estos elementos es el de que para muchos de nosotros resulta m√°s satisfactorio ‚Äúdescalificar a personas que refutar argumentaciones‚ÄĚ. El segundo es que es m√°s c√≥modo convertirnos en conciencia moral que, desde un trono de superioridad √©tica inexpugnable, criticamos a nuestros conciudadanos, record√°ndoles en todo momento las obligaciones supremas que han incumplido, que tener una conciencia moral capaz de la autocr√≠tica. Y el tercero es que el fen√≥meno responde a la misma l√≥gica binaria y simplificadora del populismo y del honestismo, que cancela lo pol√≠tico, en la medida en que convierte la arena p√ļblica en una lucha antag√≥nica de fuerzas irreconciliables (los buenos contra los malos, la casta contra la gente, los honestos contra los corruptos), lo que, sumado al estar sumidos en nuestros prejuicios y lo que Rafael Herrera llam√≥ en una ocasi√≥n la ‚Äúborrachera de la moralidad‚ÄĚ, nos impide ver los matices y claroscuros de los grandes problemas nacionales y globales.

Hay, sin embargo, otro elemento m√°s, no ponderado por Savater, y que, a mi juicio, resulta crucial para entender la democratizaci√≥n de dar funda. El descubrimiento de este cuarto elemento se debe a dos italianos: el polit√≥logo Giovanni Sartori y el escritor Umberto Eco. Se trata del impacto de las nuevas tecnolog√≠as de la informaci√≥n. Para Sartori, ‚Äúel homo insipiens (necio y, sim√©tricamente, ignorante) siempre ha existido y siempre ha sido numeroso. Pero hasta la llegada de los instrumentos de comunicaci√≥n de masas los ‚Äėgrandes n√ļmeros‚Äô estaban dispersos, y por ello mismo eran muy irrelevantes. Por el contrario, las comunicaciones de masas crean un mundo movible en el que los ‚Äėdispersos‚Äô se encuentran y se pueden ‚Äėreunir‚Äô, y de este modo hacer masa y adquirir fuerza.‚ÄĚ Para Eco, ‚Äúlas redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban s√≥lo en el bar despu√©s de un vaso de vino, sin da√Īar a la comunidad. Ellos r√°pidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasi√≥n de los imb√©ciles.‚ÄĚ

Ante este panorama, ¬Ņqu√© hacer? Lo primero es aceptar que la necedad es consustancial a la condici√≥n humana. No por casualidad ‚Äúnecio‚ÄĚ es una de las palabras m√°s mencionadas en la Biblia pues la necedad es tan vieja como la Humanidad. Es m√°s, hoy sabemos que la necedad puede entronizarse desde un ‚Äúreality show‚ÄĚ a la presidencia de una gran naci√≥n como lo es Estados Unidos. Por tanto, siempre existir√°n esos que en Proverbios propagan calumnias, se deleitan ‚Äúen la expresi√≥n de su opini√≥n‚ÄĚ y no en la comprensi√≥n y, contrario a los sabios, dan ‚Äúrienda suelta a toda su ira‚ÄĚ. Lo segundo es asumir que las nuevas tecnolog√≠as de la informaci√≥n y las redes sociales llegaron para quedarse, pues, a pesar de que han fomentado la vulgaridad y el chisme, hay que reconocer que han contribuido a la democratizaci√≥n del conocimiento. Lo tercero es comprender que una democracia liberal nunca puede renunciar al derecho fundamental a la libre expresi√≥n, teniendo, eso s√≠, como limites el derecho al honor, a la fama, a la imagen, al olvido y a la privacidad de las personas y la proscripci√≥n y castigo de la difamaci√≥n, la injuria y el discurso del odio. Y, finalmente, convenir que la postverdad y las noticias falsas solo pueden ser combatidas con un sano ‚Äúpanoptismo c√≠vico‚ÄĚ (Daniel Innerarity) y, lo que no es menos importante, mediante el fomento de la prensa libre, plural e independiente y la promoci√≥n de la cultura y la educaci√≥n.